El grupo juvenil de Danzaores bailando ante la Virgen en la calle Cárcel / JUAN IGNACIO MÁRQUEZ

OTRO AÑO SIN SALUD

J. ANDRÉS SERRANO

Valga el doble sentido de la expresión utilizada como título de esta colaboración para definir la situación que atravesamos por culpa de la COVID 19, que asola al mundo entero desde que en Marzo del pasado año se declarara la pandemia, durante la cual millones de personas han perdido la vida en los cinco continentes, además de dejar en situación de indefensión a una buena parte de la humanidad, aquella cuyos recursos económicos no alcanzan para comprar las vacunas que vergonzosamente está comercializando y enriqueciendo a una industria farmacéutica egoísta y sin escrúpulos.

En nuestro entorno más inmediato, además de sufrir los estragos de la enfermedad, observamos cómo el maldito virus ha trastocado el devenir normal de nuestras vidas, por más que una mayoría de la población ya tenga administrada las dos pautas de la vacuna, de tal suerte que nuestras tradiciones más arraigadas han sufrido la supresión de sus actividades, un hecho que quedará reflejado en los anales de nuestra historia como un acontecimiento sin precedentes. Dejamos atrás ya dos ediciones de las fiestas de la Virgen de los Remedios sin celebrar, una Navidad a medio gas o nuevamente, en el mes de Agosto, hemos asistido a una celebración online del Festival Internacional de la Sierra, además de otros acontecimientos del calendario cultural y festivo que también se suspendieron.

Y dentro de ese calendario festivo popular, ahora, cuando septiembre anuncia que el verano va tocando a su fin, nuevamente nos quedamos sin la fiesta de la Virgen de la Salud, excepción hecha de la novena y poco más. Otro año más, los tambores que anuncian la fiesta sonarán enmudecidos. Ni la verbena ni la subasta, ni los tambores de la alborada llenarán de sonidos ancestrales las calles y plazas de Fregenal como lo vienen haciendo desde hace siglos. En Santa Catalina no resonarán en la misa de Alba, durante la cual los «lanzaores», revestidos de guerreros de la fe, enfundados en su armadura blanca con vuelos de almidón y yelmo de flores, ofrecen a la titular de la fiesta su primera y más sentida danza. No veremos al legendario Rafael Sequera, con más de cincuenta ediciones a sus espaldas, dirigir magistralmente a sus hombres, a sus compañeros, en una jornada que solo los valientes pueden aguantar sin desfallecer. Tampoco esbozaremos esa sonrisa de complicidad cuando los más pequeños compiten a ver quién da los mayores saltos cuando llega «la rebotá», haciendo temblar el suelo en un acto que podría entenderse como de reafirmación a nuestro viejo legado cultural, a la tierra que los vio nacer.

No discurrirá por nuestras calles la procesión multitudinaria, ni veremos la despedida de la danza, aquella que produce extrañas vibraciones en los corazones alborozados que esperan el final apoteósico de una larga jornada.

No, este año tampoco habrá Salud, solo la esperanza de que esta larga pesadilla desaparezca cuanto antes de nuestras vidas.