Olivos arrancados para la instalación de placas solares / JUAN CARLOS DELGADO

Réquiem por un pueblo

JULIA TIBURCIO ADAME

Emana la tierra un calor errante de desdicha. Se desprende el canto de los pájaros de la ingravidez del aire. Ahogamos en polvo infértil las manos de los niños. Arrancamos el paisaje y su memoria de los ojos de los viejos. Muchos mordemos las palabras mientras se nos confunden dentro la hipocresía, el dolor y la ira.

Nos han cercenado los campos minándolos de escombros. No es sutil ni pequeña la barbarie. Se desploma gigantesca en el espacio y en el tiempo.

En un parpadeo estático, casi ilógico, hemos permitido que sucediese. Quizás algunos asistíamos perplejos e inútiles al grotesco espectáculo; paralizados, contemplábamos el desmembramiento, el desenraizado agónico de cientos de olivos, absorbidos por una distopía ya palpable que anulaba cualquier intento de voluntad o sospecha. Los habrá a quienes les pesará la cobardía. Otros quizás aún no saben ni de qué hablo.

¿Culpables? Casi todos.

Dinero. Dinero yermo recorriendo las calles de un pueblo que pierde parte de lo que es sin entender por qué lo hace. Ingenuo sería creer que todos los implicados firmaron a favor de una transición energética racional y justa, que se entregó la tierra a cambio de sostenibilidad.

Para la sociología, el concepto de <pueblo> refleja un sentimiento de pertenencia a un grupo humano, una cultura, una historia compartida. Quienes legislan y quienes ejercen el derecho sobre la tierra ya estéril deberían haber considerado que el paisaje de este pueblo nos pertenece a todos los que lo sentimos nuestro, pese a no llevar nuestro nombre.

El desarraigo germina al desvanecerse el orgullo, al desconocer lo nuestro. La boca se nos hace más pequeña al recordar de dónde venimos. El corazón se nos estrecha al mirar a dónde vamos y en lo que nos estamos convirtiendo. Un desconsuelo que ya para muchos será eterno.

Ahora entramos en escena los amilanados, los cobardes, los intempestivos. Aullaremos sigilosamente, dirimiendo este atragantamiento emocional, mientras nos fustigamos con el peso de nuestra propia conciencia. Tarde para apelar a la cordura. Tardísimo para enumerar las razones que la sostienen.

Tan triste como que habrá un día que miremos esos campos y no echemos en falta nada. Hemos sembrado una tierra inculta en todas las acepciones imaginables.

Quizás algunos no saben ni de qué hablo.