Anastasio Carrascal junto a documentos y el zapatero de Rafael Ortega / ALBERTO MÁRQUEZ

Anastasio Carrascal, la memoria de un pueblo

El emigrante frexnense nos abre las puertas de su casa, su memoria y su archivo, para recordar su largo camino entre Madrid y Fregenal

ALBERTO MÁRQUEZ CARRASCAL
ALBERTO MÁRQUEZ CARRASCAL MADRID

La emigración no debe ser entendida como un fenómeno lejano, que se da en las no tan alejadas playas de Ceuta, sino que es un hecho que los extremeños vivimos en primera persona por varias generaciones. Muchos extremeños antes que nosotros también recibieron abrazos de las Lunas del mundo, que nos dan el consuelo que necesitamos para continuar en la búsqueda de una vida más digna para los nuestros.

Esta historia comenzó hace muchos años en otro viaje, pero hoy se concreta en un vagón del Metro de Madrid, camino de la estación de Avenida de América. Al salir, me sorprende la limpieza de Francisco Silvela, que ha recuperado su aspecto original tras varias décadas con el horrible stalextric que lo tapaba todo.

Lentamente veo acercarse hacia mí a Anastasio Carrascal Serrano (Fregenal, 24 de julio de 1934). Paso lento, pero firme. No podemos evitar la emoción. Han sido muchos meses, más de un año, que solo podíamos llamarnos por teléfono para hablar de la actualidad de nuestro Fregenal. Hoy, con pauta de vacunación completa y dos buenas mascarillas nos podemos fundir en un abrazo largamente esperado.

Para quienes, sorprendentemente, no conozcan a Anastasio Carrascal podríamos resumirlo como la memoria andante de un pueblo. Hay pocas personas que recuerde con tanto lujo de detalles todos los acontecimientos que componen la intrahistoria del Fregenal que le ha tocado vivir. Unos recuerdos que también su experiencia en la emigración han completado con más historias que contar a su sobrino nieto, un servidor, que cada vez que lo ve no puede olvidar a Pablo, su hermano, con el mismo complejo de elefante que él.

Aquel viaje que lo separó a Anastasio de su amado Fregenal empezó «el 25 de agosto del 69», nos cuenta, «lo recuerdo con detalle el viaje». «El viaje fue de mirar para atrás y ver lo que iba dejando, mis raíces, sin saber cuándo volvería a ver a mi familia, que se quedaba en el pueblo. Fueron tiempos muy malos, hasta que ya las cosas se suavizaron un poco más. Me coloqué, y ya empezó para mí una nueva vida. Hemos vivido bien, pero siempre con la amargura de no haberme desarrollado en mi profesión de zapatero como yo hubiera querido y haber vivido en mi pueblo».

Anastasio mostrando la obra del bulevar en Francisco Silvela / ALBERTO MÁRQUEZ

Sobre la pandemia, nos cuenta las penurias de estar encerrado sin poder ir a Fregenal, «precisamente eso ha sido lo más difícil, el tenerme que quedar en casa. Esto ha sido malo para el mundo entero, pero sobre todo para los mayores, pues mucho peor». Pero la ansiada vuelta llegó por la Salud, «que no hubo fiesta, pero desde la Salud no voy».

Aunque reconoce que «esto ha sido una cosa muy mala», no puede olvidar su infancia y juventud en la posguerra. «Ya pasamos por aquello en los años 40 y tantos», un «aquello» que sintetiza tanto horror y sufrimiento. Y es que su vida se ha visto traspasada por la Guerra Civil, la Dictadura franquista, la Transición, la llegada a la Democracia, para ahora desembocar en la crisis del covid-19. «La posguerra fue malísima, peor que esto. Las ciudades estaban derrumbadas, no había para comer, todo era malo, todo era contrabando. Por menos de nada mataban a la gente. Ahora hay para comer, aunque hay mucha desgracia, por supuesto».

En todos estos años ha ido dejando atrás a muchos amigos por el camino, «de mi quinta, que fue la más numerosa de la historia de Fregenal, con más de 260 soldados, hemos perdido a más de sesenta y tantos». Durante la pandemia se acuerda especialmente de algunos de ellos, sobre todo de Paco Antequera. «Ha muerto tantísima gente que pocos quedan que sepan de Fregenal».

Volviendo a la emigración, nos acordamos juntos de lo que hemos visto en Ceuta en las últimas semanas. «Es horroroso ver a esos pobres abandonar su tierra, como la abandonaron muchos españoles con la maleta de cartón o de madera, a esas granjas de Suiza o a esas carreteras de Alemania», nos cuenta Anastasio. «Yo tengo amigos que trabajaron muchos años en el extranjero, algunos de ellos todavía viven y hablo mucho con ellos». «Era y es horroroso ver a estos pobres que se van, pero claro, sus gobiernos son los que no permiten el darle lo que es necesario para tener una vida digna».

«Es irónico que hoy sea la gente con carrera, que se la hemos pagado, se tengan que marchar de su tierra para dar fruto en otros países». Y es que el problema de tener que emigrar sigue en nuestra realidad del día a día, más allá de los que salen del pueblo a otras ciudades de España, los más formados habitualmente cruzan las fronteras en busca también de una vida mejor. «Ya quisiéramos la generación mía haber podido estudiar, que los había listísimos. Y sin embargo, a los trece o catorce años te hacían aprender un oficio, el que tenía la suerte de ir a aprender un oficio». Un contraste entre dos generaciones de migrantes, que en aquel entonces tenían que elegir entre eso y «acomodar guarros, que era la palabra que se decía, estar acomodao». Vivencias en paralelo entre la generación más formada de la Historia de España y la quinta de Anastasio «en la que había un 20% de analfabetos».

Anastasio rebuscando entre los documentos de su archivo / ALBERTO MÁRQUEZ

Hablando de su vida en Madrid se acuerda especialmente de las cenas con su peña, que organizaba viajes por las Fiestas de la Virgen. «En un bar de la Elipa nos reuníamos unos 15 o 20 matrimonios, juergas que hacíamos nosotros», que se quedaron en su memoria grabados. «Ahora ya muchos no están y ya al ser mayores tenemos otros achaques y no nos podemos reunir así. No obstante, sigo teniendo muchos contactos con muchos frexnenses». Otras veces se reunían en el Hogar Extremeño, y recuerda especialmete «un homenaje que se hizo a Eugenio Hermoso, en el que estaba Manuel Parralo muy joven».

Pero sin duda tiene especial cariño en la mirada cuando nos habla de «el Porra», como todos conocían a Rafael Ortega en Madrid. En su salón encontramos un par de regalos que un entonces poco conocido alfarero iba dando a sus amigos en la emigración, como un zapatero que recuerda a Anastasio el arte de su oficio.

Durante la entrevista no para de sacar papeles de un pequeño armario que usa como archivo personal. Todas las carpetas tienen un orden y un etiquetado. Siempre que vamos a su casa tiene algo nuevo que enseñarme, desde los documentos que recopiló de su familia, o los registros de muchos asesinados durante la Guerra Civil y la represión fascista de la posguerra, que siempre guarda en un lugar muy nítido de su memoria. Hoy yo lo sorprendo con un documento especial de la Gaceta de Madrid, donde se recoge el decreto de declaración a Fregenal como ciudad, el 8 de febrero de 1873.

Acabamos, como siempre, hablando de Fregenal, «sufro mucho con el descenso de población que tiene Fregenal». Un problema del que ambos somos buenos ejemplos, por la falta de oportunidades en el entorno rural. A pesar de todo lo que esto implica, siempre queda un rallo de esperanza en la conclusión, al recordar a la Madre de los Remedios. «En 2018 fue la última vez que fui andando haciendo el voto a la Virgen, pero lo importante», concluye Anastasio con especial emoción, «es poder ir de alguna forma a verla».