Ismael Sánchez Expósito durante su presencia en el Ateneo Popular Frexnense.
Ismael Sánchez Expósito durante su presencia en el Ateneo Popular Frexnense. / JUAN IGNACIO MÁRQUEZ

Ismael Sánchez se refiere a las alternativas al sistema agroalimentario globalizado desde una apuesta por el enfoque tradicional y agroecológico

  • Una treintena de personas acudía a la llamada del Ateneo con un nuevo tema de interés sobre la mesa

La cuarta convocatoria del Ateneo Popular Frexnense en su tercer emplazamiento diferente desde el nacimiento de este foro, este pasado viernes en el salón bajo del Bar La Montanera, invitaba a reflexionar de manera personal o colectiva sobre cómo estamos, incluso, actuando a la hora de tomar decisiones individuales, sobre las posibles alternativas que ofrece el mercado en lo que al sistema agroalimentario se refiere en el mundo en el que nos encontramos inmersos, tendente de manera clara y evidente a transitar por un espacio de indudable globalización

Un tema que abordado por Ismael Sánchez Expósito, Licenciado en Geografía e Historia, especialista en antropología social y máster de Agroecología, pulsaba especialmente a los presentes en la línea de reflexionar en torno al compromiso social del ser humano para con el mundo que le rodea, desde una apuesta decidida por un enfoque agroecológico.

No podía ser de otro modo, viniendo de la mano de alguien que, como explicaba su presentador, Juan Andrés Serrano, se muestra permanentemente comprometido con la defensa del medio ambiente desde hace décadas, como demuestra el rumbo que marcan determinadas acciones y actitudes en su vida.

Algunos de los participantes en la actividad.

Algunos de los participantes en la actividad. / JUAN IGNACIO MÁRQUEZ

Se mostró, Ismael, decidido a abordar, por tanto, el asunto desde un mensaje, dijo, “en el que creo” esperando, añadió, “que me pongáis en evidencia, porque la objetividad pura y dura no existe y serán bienvenidas las aportaciones de las personas que no compartan mi punto de vista”.

A partir de ahí comenzó por abordar el término agroecología, mostrándolo como “una ciencia en pañales con no más de dos décadas de andadura, que surge ante la necesidad imperiosa de plantear en el mundo un modelo agrario diferente al que actualmente se encuentra inserto en los entresijos de las sociedades del norte y del sur y si es posible que la agricultura pueda alimentar a los 7.000 millones de personas que hay en el planeta, ya que aunque los cálculos salen eso no sucede”.

Presentó también la agroecología como un movimiento social que se expresa a través de una organización internacional que se llama “vía campesina”, dijo, en España aún bastante pequeño y que, afirmó, “no debemos confundir con la agricultura ecológica, que es una forma alternativo a la agricultura convencional, mientras que la agroecología tiene mucho de movimiento social y forma de entender la vida intentando superar contradicciones. Aunque es imposible, afirmó, una práctica agroecológica sin agricultura ecológica, a veces existe agricultura ecológica sin enfoque agroecológico, porque hay determinadas prácticas agrícolas sostenibles que se convencionalizan”.

Convencido de que la agricultura a día de hoy “es un negocio al servicio de una serie de corporaciones e intereses”, tal y como afirmó, clamó permanentemente, a juzgar por sus comentarios, porque vuelva a convertirse en una actividad, sencillamente “al servicio de satisfacer esa necesidad básica, como es la alimentación”.

Luego, poco a poco, a través de una serie de exposiciones comprometidas, aunque como repitió en varias ocasiones “sin tratar de demonizar a nadie”, dijo, constató pormenorizadamente lo que acuñó como “el fracaso de los pilares de la modernidad”, definiendo más tarde la “sostenibilidad” o sosteniendo aportaciones como la del filósofo Thomas Malthus, al referirse a la necesidad de encontrar el equilibrio entre la producción de alimentos y la reproducción humana.

Tras referirse a diversos momentos de la historia, entre ellos al optimismo tecnológico europeo, se centró en los cambios trascendentales de 1950, cuando a través de la incorporación de abonos nitrogenados, la agricultura pasa de ser oferente de recursos a demandante de recursos, provocando, a su juicio, consecuencias de índole ambiental y social.

No podía pasar por alto el problema de las emisiones de CO2, pormenorizando los bisos del insostenibilidad de nuestro sistema agroalimentario actual y denunció que el 75% de las personas que sufren hambre severa en el mundo, viven en áreas tropicales donde se practica la agricultura de exportación, que ha acabado con sistemas de cultivo tradicionales, que permitían cierta autonomía a las poblaciones locales.

Tras referirse a la relación entre monocultivos y hambre, se centró en las alternativas de futuro afirmando que: “basarnos en modelos de agricultura tradicional no significa idealizar el pasado, aunque si debemos ver qué nos muestra para las necesidades del presente, apoyándonos en la agricultura tradicional, los métodos tradicionales, la sabiduría de los campesinos de antaño y la recuperación de lo local”.

En el tramo final se refirió al concepto metabolismo social y la necesidad de modificar los hábitos de consumo, optando, dijo, por: “Seguir por el actual modelo productivista o bien adoptar una serie de cambios”, que a su juicio, por ejemplo, pasan: “por la recuperación del germoplasma local, de esto modo, continuó, se iniciaría una transición agroecológica que permita que la semilla llegue a todo el mundo”, refiriéndose seguidamente a una política de bancos de compostaje “que nada costaría al estado, indicó, lo que nos permitiría ir eliminando los abonos nitrogenados, incentivándose las redes comarcales y locales, produciéndose un cambio en la política de embalajes evitando emisiones de CO2 y por último potenciar los alimentos de temporalidad, poniéndole tasas a los alimentos kilométricos y las comidas basuras, al tiempo que se desarrollen programas educativos donde enseñemos a la gente a comer de otra manera”.

Ismael Sánchez Expósito, concluyó diciendo: “Es posible consumir de otra manera y recuperar lo viejo adaptándolo a lo nuevo, sabiendo reflexionar, añadió, sobre las cosas importantes de la vida, que son muy pocas: la alimentación, el abrigo y un grupo de seres humanos que te den afecto. Partiendo de que la utopía no es la quimera, alimentar a los 7.000 millones de personas del planeta es una utopía, pero no imposible. Las cuentas salen, es posible un mundo ecológica y socialmente sostenible”.

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