Dani y Carmen junto a sus cabras.
Dani y Carmen junto a sus cabras. / CEDIDA

Una veterinaria y un economista emprenden una novedosa aventura rural en Bodonal de la Sierra

  • La experiencia comenzaba en la Escuela de Pastores del País Vasco, donde aprendieron técnicas de manejo del ganado y la elaboración del queso para terminar instalando una quesería artesana

El constante despoblamiento de las zonas rurales se ha convertido en una gigantesca epidemia que amenaza seriamente el futuro del mundo rural en nuestro país. Por un lado, la concentración industrial cerca de los grandes núcleos de población está desplazando la mano de obra a aquellas zonas, ocasionando un éxodo imparable similar al que se vivió en las décadas 60 y 70 del siglo pasado. Por otro, la caída de las tasas de natalidad que se viene registrando en las últimas décadas, originada principalmente por la incertidumbre que ocasiona la falta de trabajo para la gente joven, a lo que hay que añadir la incorporación de la mujer al mundo laboral. Estas últimas circunstancias traerá consigo un envejecimiento progresivo de la población que, según las previsiones, nos situará en las próximas décadas como uno de los países del mundo con la ratio de envejecimiento (población de 65 o más años por cada 100 personas entre 15 y 64) más elevada (69,5 frente a 45,8 de promedio de las economías avanzadas). Semejante proceso agravará nuestro sistema de pensiones, lo que debería de haber hecho saltar las alarmas de los gobiernos que proyecten políticas serias de futuro para sus ciudadanos.

En medio de este panorama sombrío y en contra de esa corriente de abandono del medio rural, de vez en cuando florecen iniciativas llevadas a cabo por gente joven que a los más fieles a estas formas de vida y apegados a la tierra nos proporcionan una inyección de esperanza.

Carmen y Dani, veterinaria y economista, son los protagonistas de una de esas aventuras rurales, de esos pocos, pero cada vez más, que no buscan sólo un trabajo y un sueldo, sino un proyecto de vida diferente, enmarcado en un permanente contacto con la naturaleza, muy alejado de los estándares que la mayoría de los jóvenes utilizan cuando terminan sus estudios universitarios y no ven otro camino que opositar a una plaza en las administraciones públicas o vender sus muchos años de estudios por un sueldo miserable a la empresa privada o, lo que es peor, tener que emigrar a otros países donde con frecuencia se desvanecen muchas de sus aspiraciones.

El rebaño pastando en la finca de setenta hectáreas.

El rebaño pastando en la finca de setenta hectáreas. / CEDIDA

Para ello, Carmen y Dani, eligieron una pequeña población del sur de Extremadura, Bodonal de la Sierra, asentada en medio de un inmenso bosque de encinas y donde el tiempo y la vida tienen una dimensión más racional. La iniciativa, nacida hace ya seis años, tuvo sus comienzos en una Escuela de Pastores del País Vasco, donde se iniciaron en el pastoreo y aprendieron las técnicas de manejo del ganado y la elaboración del queso para terminar instalando una quesería artesana, bajo el sugerente nombre de 'Mamá Cabra'.

En una finca de setenta hectáreas pastorean 120 cabras y 20 vacas de carne, una cifra ajustada a la carga ganadera que exige la norma ecológica. El ganado se alimenta de hierbas aromáticas naturales y, en épocas de montanera, incorporan la bellota a su dieta. Como valor añadido contribuyen al equilibrio medioambiental abonando el terreno con sus excrementos y proporcionando un eficaz remedio contra los incendios forestales. El suministro eléctrico de las instalaciones de la finca se logra a base de placas solares instaladas por los propietarios. Igualmente, en la quesería tienen instaladas placas fotovoltaicas para autogenerar electricidad y, en la misma línea de apuesta por las energías renovables y uso de recursos locales, el calentamiento del agua de la quesería (uno de los principales gastos energéticos junto a la electricidad en este tipo de industrias) lo logran a base de placas termosolares de calentamiento de agua a través del sol, apoyándose con una caldera de leña, cuyo combustible lo generan mediante la poda de las encinas de la propia finca.

La tienda está ubicada en la propia quesería artesana, en la que sólo transforman la leche de su rebaño de cabras, en unas instalaciones reconvertidas para ello, donde también se aprecia el respecto por la arquitectura vernácula, situada en pleno núcleo urbano, muy diferente al modelo de las grandes queserías que suelen estar ubicadas en polígonos industriales. Allí podemos encontrar cuatro variedades a cual más exquisita (de momento, pues trabajan en otras): “Quesazo Mamá Cabra”, con una curación de seis meses, madurado en bodega subterránea de piedra y sobre madera, en enormes piezas de 7-8 kilogramos que venden en cuñas. “Tres texturas, o queso francés”, unas piezas medianas en forma cónica. “Bolitas de queso en aceite de oliva”, presentadas en un pequeño bote, y unas quesadas frescas que pueden comerse recién hechas.

A juzgar por las nuevas tendencias en el consumo, que cada vez se acercan más a los sabores y prácticas naturales, este tipo de industrias radicadas en el entorno rural están adquiriendo una importancia en los mercados que nos permiten albergar fundadas esperanzas de que aún es posible revitalizar nuestros viejos pueblos y devolverles el tan necesario crecimiento demográfico.

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